Años caóticos
Un jueves cualquiera, ella salió de la ducha tatareando una canción que le había estado rondando toda la mañana por la cabeza. Se secó con su toalla de siempre, se vistió con unos pantalones estampados que compró hace unos días en un mercadillo y comenzó a cepillarse el pelo delante del espejo de la habitación de sus padres.
Su pelo estaba muy largo, quizá la vez que más largo lo había llevado. Este pequeño detalle le hizo darse cuenta de lo rápido que pasan los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses e incluso, los años. Nostalgia, eso fue lo que sintió. Echaba de menos beber el zumo de naranja con pajita, echaba de menos jugar con su hermano a que eran estrellas del rock.
Ella sonrió. No hacía falta echar la mirada tan atrás para darse cuenta de cuanto había cambiado. Simplemente en dos años, en 365 días multiplicados por dos, en ese pequeño pero gran periodo de su vida, había pasado de estar perdida a estar en el que ella creía el camino correcto. Había perdido a personas en el camino, algunas a las que echaba de menos dos veces por semana como mínimo y otras a las que pagaría para que no se las volviera a cruzar. Pero también había ganado a muchas otras, personas maravillosas que le habían guiado cada uno de sus pasos.
Además, ella era consciente de todos sus errores del pasado pero estaba segura de que muchos, los volvería a repetir. Quien sabe, igual sin todas esas meteduras de pata ella no sería como es ahora y si la mierda le había hecho más fuerte, bienvenida era en su vida.
Terminó de arreglarse el pelo con tres minutos de secador y con otros dos para planchar el flequillo. Bajó a la cocina para almorzar algo de fruta. Miró por la ventana mientras se pelaba una mandarina. El cartero repartía las cartas, el vecino de enfrente tendía la ropa. Y ella seguía añorando aquellos años caóticos en los que lo único que le preocupaba era no llenarse los zapatos de tierra.

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