Piel con complejo de sábanas
La alarma suena. Ninguno de los dos hace el mínimo esfuerzo para desconectarla. Nuestros cuerpos están tan bien juntos que nuestra prioridad es no cambiar la postura. Su respiración juega con mi pelo, mis latidos acompañan su mano. Nos sincronizamos para abrir los ojos y sonreír a la vez. No mencionamos palabra alguna, nuestras miradas saben comunicarse solas.
Se levanta y va hacia la cocina. Yo decido quedarme un poco más entre las sábanas. Estas huelen a él y este olor me hace sentir bien. Y no hace ni diecisiete segundos desde que se ha ido y ya le hecho de menos. Le escucho cantar a lo lejos y estro me tranquiliza. Canta fatal, ¿pero que más da? Todo lo que viene de él suena bien.
Me levanto y miro el móvil. Unos cuantos whatsapps, los leeré a después. Me acerco a la cocina y le beso. Él se aparta en el momento que nuestros labios se rozan, le encanta dejarme con las ganas. Me río y le amenazo con vengarme. Cojo la taza que le regaló su madre y me bebo su café con leche. Sonríe, me mira a los ojos y me dice:
- Me acuerdo que cuando te conocí me dijiste que no te gustaba atarte a un hombre. Que eras de ir más a tu rollo, que no eras cariñosa y que eres incapaz de dar lo mejor de ti. ¿Mientes muy bien o yo te he cambiado tanto?
- Simplemente no había encontrado a la persona indicada y desconocía que era capaz de todo eso. Pero si quieres soy todo eso que te dije ser y te quedas tranquilo.
Me tira una magdalena a la cabeza y me dice que no diga tonterías.

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