14 de junio de 2013

3 de mayo, en un metro cualquiera




3 de mayo, en un metro cualquiera.

Del amor sabía lo que había leído en las novelas que le regalaba su padre cada mes. Orgullo y prejuicio, sin duda, era la que más le había marcado. Pero aunque compartiera la idea de que las primeras impresiones no siempre son buenas y que muchas veces lo amargo esconde lo dulce, creía también en el amor a primera vista. Cruzarse con un desconocido una tarde de domingo y enamorarse en ese mismo momento no lo veía raro. Quizá nunca más se cruzaría con ese extraño pero las vibraciones que le había trasmitido se convertían en mariposas que no le dejaban dormir durante los tres días siguientes. Y enamorarse de esta forma, se había convertido en su rutina.

Un 3 de mayo, ella estaba en el metro, leyendo por quinta vez el libro dicho más arriba y sólo levantaba la vista para asegurarse que su parada no había pasado. ¿Casualidad? ¿Estaría escrito? No lo sé. Sólo sé que entró en aquel viejo metro el mismo extraño del que se había enamorado el domingo pasado. Sólo había un sitio. Al lado de ella. Él se sentó. La miró de reojo y sonrió. Su dulzura escondida tras unas gafas y el sonido de su pestañeo le hacían sentir bien, le hacían sentir vibraciones que se convertirían más tarde en mariposas. Y vino la parada de aquel extraño, se bajo del metro y continúo su camino con una sonrisa, sonrisa producida por aquella chica que leía en el metro. Ella no había levantado la vista ni un momento, las lineas de Jane Austen la tenían atrapada. Ella nunca sabría que aquel chico del que se había enamorado el último domingo había estado al lado suyo, que la había mirado de vez en cuando y que había sentido "algo".

Quizá nunca más se volverían a ver. O quizá sí. Dentro de unos días, meses o años. En el metro, en el parque o en una cafetería. 

No sé si existe el destino, pero está bien creer en él.

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